AVENTURAS

VÍA FULGENCIO AL HUESO

Los antecedentes

¿Quién me iba a decir que mientras escalaba la mítica vía Fulgencio al Hueso, clásica de renombre bien merecido, rememoraría una historia que desde mi niñez no había recordado?
 
…Y aquella mañana paseaba con mi abuelo en el parque al lado de Alberto Alcocer. Como es normal salía a la calle a jugar con otros niños.
 
Ese día nos pusimos un grupo espontáneamente a represar el cauce de agua que discurría por el parque. Allí acuclillados, sin remangarnos, cubiertos de barro hasta las orejas pasamos una mañana en la que el tiempo no existió, una de esas de cuando eras niño de verdad.
 
Unos días después (igual fue al día siguiente), volví al mismo parque y me encontré con mi compañero de fatigas de nuestra incansable jornada anterior junto a otros nuevos amigos. Para mi consternación habían destruido todas las presas que habíamos construido en nuestro fútil intento de dominar a los elementos. Entonces demandé una explicación de aquel que había sido mi cómplice y que ahora sin impunidad jugaba a otro juego.
 
 

La escalada de la incomunicación

-Jose, ¿qué ha pasado con nuestras murallas?

– No sé, acertó a decirme.

Otro niño más mayor y con aspecto de macho alfa dirigía el nuevo juego y la confrontación no tardó en ocurrir.

Yo recriminé,

 -¿Por qué habéis roto todo?

A lo que él alegaría algo así como: 

– porque nos da la gana.

Y de ahí, (mi terrible memoria sea disculpada), sería incapaz de reproducir con exactitud la sucesión de argumentos que de dialéctica guisa se sucedieron.

Rememoremos aquellas discusiones infantiles en las que gana el que tiene a los padres más fuertes o bomberos o tan temerarios que escalan la vía Fulgencio de primero.

 

La vía Fulgencio al Hueso

También se podría perfectamente alzar victorioso el que antes dijera rebota, rebota o un sin fin de trampas epistemológicas de las que un niño nunca está a salvo.

Lo que si recuerdo es que como para finalizar, este empecinado rival me retó con una pregunta destinada a mi destrucción intelectual definitiva.

– A ver listo… ¿Qué es lo más alto que existe en el mundo, los árboles o las montañas?. 

Menudo lío. Estaba claro que de esta no iba a salir invicto con facilidad, o mejor dicho, me preocupaban más las posibilidades en las que salía absolutamente humillado por mi ignorancia. 

Veamos, las montañas a priori parecen más altas que los árboles (rumiaba en mis pensamientos), pero los árboles cuantitativamente parecen aplastar a las montañas. 

¿Qué pasaría si a este niño en su diabólica mente se le ocurriese colocarlos a unos encima de otros para lograr un árbol definitivo que pudiera vencer al mayor gigante de los Himalayas?.

¿Y qué ocurriría si justo en la cima de uno de esos titanes terrosos hubiese aunque solo sea un miserable arbusto? ¿ganarían los árboles que se aprovechan de la altura que estos han logrado conquistar durante milenios de conformaciones tectónicas?

Estaba paralizado a pesar de...

 …la evidencia de que a priori todo parecía indicar que la respuesta correcta eran las montañas. Cosa que por cierto complica todo aún más.

Ya que, ¿porqué me preguntaría éste discípulo de Gorgias venido a menos algo cuya respuesta parece tan obvia si no me estuviese tendiendo una trampa?

Otra cosa no, pero los niños quizá por el desconocimiento de las consecuencias, a veces son atrevidos. Así que armado de todo mi valor me tiré al charco, no literalmente de barro, y le espeté con más seguridad de la que sentía:

– ¡Las montañas!.

Con todo y con eso, los padres, siempre custodios y guardianes de la seguridad e higiene de los niños que por allí deambulabamos, nos dieron argumentos para no continuar jugando con el barro en aquel lugar. 

...Mientras tanto en el Hueso

Escalada a la vía Fulgencio al Hueso, salidas y cursos.
Ayer, escalando la vía Fulgencio, al Hueso, rememoré lo que ya trece años antes vivencié con tal intensidad (Escalada a la vía Fulgencio Noviembre, 2007 aquí). 
 
Y es que cuando sales regurgitado de su chimenea y te montas en las placas del hueso, ves las copas de los árboles meciéndose por debajo como un campo de espigas.
 
De lo que se desprenden un par de enseñanzas cuando menos, ya que algo de moral tiene que contener un relato que no presenta direccionalidad alguna.
 

Moraleja

La primera es que la amistad, como tantas cosas en esta vida, a veces es traicionera, o cuando menos cambiante y maleable. Otras veces esquiva y siempre expuesta a inesperados pactos, coaliciones y seamos honestos, traiciones.
 
¿Quién no ha visto alguna vez sus expectativas sobre una infinita amistad fraterna naufragar contra los arrecifes ocultos de la cruda realidad?
 
La segunda sería que las batallas dialécticas entre niños poseen una importancia mayor de la que les brindamos. Algunas nos conforman y persiguen como almas errantes en nuestras adultas escaladas.
 
Y la tercera y última, pero no por ello menos importante, es que en ocasiones lo que se nos ofrece como un juego lúdico en el que chapotear con toda nuestra entrega en los prístinos riachuelos que surcan las arenas de nuestros parques y ensoñaciones infantiles podrían resultar un chasco.
 
Años después descubrí que los adultos sacan a sus hijos y mascotas a los mismos parques y tiene sentido que columpios y baños de perros coexistan cerca en lo que a localización se refiere.
 
¿Alguien se ha dado cuenta de que el barro y las heces de perro no distan tanto en lo que a ductilidad se refiere?
 
¿Y de qué ambos  presentan cualidades resistentes moldeables para la creación de dispositivos destinados a modificar el flujo natural del agua se refiere?

Croquis de la vía Fulgencio

croquis de la vía Fulgencio, El Hueso, La Pedriza

Como ves, esto es una historia que colateralmente habla de la vía Fulgencio al Hueso. Si a pesar de mi imperdonable perífrasis te motiva que nos subamos juntos a algún sitio. Te propongo que eches un vistazo a estos destinos para ver si te seduce alguno aquí.

¿Prefieres contarme una propuesta propia? escríbeme aquí.

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